Pasaron los años, y las estrellas siguieron desapareciendo. Pero el pueblo seguía vivo, creando y soñando. Una noche, cuando ya no quedaban más estrellas que contar, la plaza del pueblo estaba llena de personas sentadas en el suelo, con velas en las manos. Julián se levantó, miró hacia arriba, y comenzó a contar historias de estrellas y mundos lejanos.